Lágrimas
negras descendían por esas mejillas rojas y ardientes. Cada una le daba paso a
otra; desordenadas, arruinaban el maquillaje turquesa. Sollozos desconsolados y
rítmicos acompañaban a la desfilada de esas gotitas en una agitada danza de
tristeza. Un pañuelo blanco cerraba el paso a las traviesas lagrimas para unos
segundos después volver a renacer. Música clásica resonando por toda la
habitación; una única persona escuchando ese piano frágil y dulcemente tocado
por dos manos finas y acompasadas.
Amargura
en el aire; olor de recuerdos y añoranza por todas partes. Manos en el suelo y
tacones indecisos aguantando el ligero peso de un cuerpo dolorido. Un corazón
que ama sin ser amado; una alma desilusionada partida en dos, buscando y no
encontrando la explicación. El timbre suena y vuelve a sonar. Zapatos que
chocan contra el suelo y risas femeninas.
Abre
la puerta del baño. Una última refregada sobre los ojos tristes para calmar el
llanto. Un “stop” en el piano tranquilizante. Respiración acelerada, tensa. No
puede creer en la alegría. El reflejo del espejo avisa de un botón desabrochado
en la chaqueta azul marino; la falda de cuadros torcida y una Desaliñada Janet.
Una pequeña inclinación hacia el suelo y cargar con el peso de los libros. Un
“¡Janet!” desesperado resonando por el pasillo con baldosas relucientes. Un “Ya
voy” sin ánimo de “ya ir”.
Y ya
está. Todo arreglado. Una coleta de caballo algo alta y un pañuelo para acabar
de limpiar la cara. Pestañas desmaquilladas. Ojos hinchados de tanto llorar y
unos labios tensos formando una línea recta. Cara inexpresiva y rasgos de
maquillaje deshecho.
Un
paso.
Dos.
Tres
y se para. No hay fuerza para más; un hueco en el pecho le duele y le
escuece...Su dulce sonrisa con sabor a vainilla parece haber desaparecido para
siempre. Todo da vueltas, nada importa. Quiere girar la cara, pero no se vale
mirar hacia atrás.
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