diumenge, 31 de maig del 2015

Frío (noveno)

9. (24 de marzo de un año muy posterior al año presente)

La niñita recorría la casa riendo y dando saltitos de cabra. Un lavabo por aquí, un dormitorio por allá… Eso de mudarse le hacía cada vez más ilusión. Esa casa (para no decir palacio) le parecía el lugar más interesante del mundo. Tenía tres pisos y todos los muebles estaban cubiertos con mantas blancas llenas de polvo. Pero sabía que sus padres iban a pintarla y acicalarla y que, cuando acabaran de hacerlo, sería el palacio más bonito de todos los palacios.
Entró en el dormitorio más grande y majestuoso de ese domicilio tan peculiar y empezó a corretear. Ella quería que ese fuese su dormitorio, y sabía que con sus estrategias de niña pequeña conseguiría su objetivo. Lanzó su pelota hacia la pared una y otra vez; esta rebotaba hacia ella de vuelta y la niña la volvía a lanzar. Repitió este juego hasta que se cansó. Lanzó la pelota con mucha fuerza al suelo y una baldosa revotó. Los colores le subieron a la cara pensando que había roto el suelo y fue corriendo a mirar qué había pasado. Para su alivio, la baldosa estaba intacta. Introdujo sus deditos en pequeño espacio que había quedado entre baldosa y baldosa y retiró un poco el objeto. Alucinada, descubrió un espacio bastante profundo debajo del azulejo que acababa de retirar del suelo.
Introdujo la mano y sacó varios objetos: una carpeta con tres fotografías, una libreta, una caja con candado… No podía creer que esto le estuviera pasando a ella. ¡Por fin un misterio que investigar! Estaba realmente animada.
Miró las fotografías: una mostraba a una bella mujer junto a un hombre aún más bello, en la siguiente salía la misma mujer algo más joven con otro chico diferente al anterior y en la última salía un niño con mirada traviesa. Dejó las fotografías de lado y cogió la caja con el candadito. Desistió de intentar abrirla después de varios intentos fallidos. La dejó a un lado y abrió la libreta. Las páginas tenían un color amarillento por su antigüedad y olía a viejo. La niña empezó a leer:
15 de mayo
La muerte me llama. Me habla, me seduce y me lleva consigo. Es la sensación más dulce y placentera que nunca antes he sentido. Huelo la oscuridad y me dejo llevar por ella. Sus tiernas manos me acarician y me susurran lo buena que soy. Todas mis ansias y propósitos se resumen en una palabra: deceso.
La sangre corre por mis manos; aún está caliente. La siento entrar en mis entrañas y una sensación de gozo me estremece. Necesito más, necesito mucha más.
Ayer encerraron a Jules. Ayer me comí mi venganza y la disfruté cual niña pequeña. Él se lo buscó.
Realmente ha sido el único al que he amado, pues nunca he sentido algo que no fuera desprecio por los hombres. Todos me recuerdan a Gabriel: idiotas, creídos, deseosos de poseer toda atención por parte del mundo entero. Es muy desagradable.
Hasta que le conocí miraba a los hombres con frialdad y sin ningún tipo de sentimiento: sólo veía en ellos la siguiente víctima. ¿Qué podían proporcionarme sino era mi deseada sensación al tener la muerte tocándome las manos? ¿Qué podía ofrecerme un ser que no merecía estar en la faz de la tierra sino su desaparición merecida?
Ese niñito macabro llegó a seducirme. Hasta me apartó de mis hábitos criminales. Decidí dejarlo absolutamente todo, convertirme en alguien que mereciera de su amor. Por él.
Adoptada. Esa palabra era mi inspiración hasta que conocí a Jules. Después pasó a ser “traición”.
Su abandono me produjo más consecuencias que todo lo que haya podido hacer en mi vida.
Mi venganza sería ejemplar.
Me decanté por dejarle tener esperanza. La esperanza es lo último que se pierde.
No me costó mucho seducir al idiota de su amigo Mauricio, ese atontado que sólo tenía libros en la cabeza. Menos me costó estrangularlo y crear pruebas falsas bastante evidentes. Sabía perfectamente que el muy estúpido de Jules se volvería a poner ese horrible collar aunque se lo rompiera. Menos mal que hoy en día las autoridades son de lo que no hay y se creen cualquier cosa por cerrar un caso. Qué cara de idiotas tenían esos dos detectives.
Ahora Jules tiene esperanza. Esperanza de salir algún día del trullo y ser libre. Aunque con su gran nivel de inteligencia debe saber que no se ha librado de mí, ni ahora ni nunca.
Le espero con todas las ganas aquí fuera. Nos seguiremos divirtiendo.
Y yo, ésta noche fría de mayo, saldré a pasear y veré que puedo hacer para volver a sentir. Volver a volar en las tinieblas. Los ángeles negros somos sombríos.
¿Qué si no tengo miedo de ser descubierta?
¿Quién va a sospechar de una pobre mujer a la que se le murió primero el hermano, después el padre y para rematar el amor de su vida?
Con todo mi afecto, Zubel.


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