diumenge, 31 de maig del 2015

Traición

Fue cuando vio el cuerpo inerte, yaciendo en el asfalto en una posición grotesca, bañado en un charco de oscura sangre, que le recorrió un calambre de satisfacción por la columna. A su vez, estaba también angustiado, y se mordía las uñas por los nervios.
Había asesinado a Miguel. ¿Y había motivos para ello? No, ninguno. Se sorprendió por su propia actitud, por haberse entusiasmado al oír sus sollozos y alaridos, al verle sufriendo y jorobarse. Era algo nuevo y desconocido, pero en cierto modo atrayente por su truculencia.
A pesar del denso viento frío que arreciaba aquella noche de febrero, él se sentía acalorado y sudoroso. La excitación momentánea manipulaba sus movimientos y su primer impulso, dejándose llevar por el impetuoso gozo, fue el de salir corriendo. Sus largas zancas permitieron que avanzara a una velocidad vertiginosa.
No tenía miedo de ser descubierto; en aquel pueblo de mala muerte mayoritariamente residían ancianos malogrados y achacosos, que se habían instalado ahí con el fin de estar envueltos de paz antes de perecer, y todos ellos, a esas horas, dormían plácidamente en sus lechos.
Al doblar la esquina que daba con su calle, dio de bruces con una farola. Mareado por el impacto, se arredró, creyendo que se trataba de un vecino. Cuando se dio cuenta de la realidad, soltó un bufido de alivio y se incorporó del breve vahído, reemprendiendo la marcha. Avizoró la valla plantada delante de su morada y aligeró el paso.
No quería despertar a nadie. Abrió la puerta con sigilo y se adentró en el zaguán, cerrando tras de si cautelosamente. Las luces del pasillo principal estaban apagadas, pero vislumbró la iluminación anaranjada del salón. Quiso caminar con prudencia, en silencio, pero tenía la sensación de que sus zapatos hacían crujir el parquet con demasiado estrépito, como si cada paso fuera el balazo de una escopeta.
Al llegar al comedor, se encontró con su dulce Marta haraganeando en el sofá, medio dormida y bisbiseando palabras ininteligibles. No le dijo nada. Se dirigió -sin pensárselo dos veces- al lavabo, y se lavó las manos, untuosas de sangre seca. Eliminados los rastros del crimen, mientras se secaba las manos, se contempló en el espejo.
Era complaciente ver en qué se había convertido. Había pasado de ser un zagal enclenque, propenso al acné y con cara de pazguato, a transformarse en un hombre vigoroso y atlético, con la mandíbula marcada y una belleza que venía por defecto con la madurez. Lucía una melena reluciente y zaína que le llegaba a los hombros, y de la que estaba profundamente orgulloso.
Volvió al comedor, con la intención de apagar las luces y tapar el acurrucado cuerpo de su mujer, pero ella ya no dormitaba allí, y el salón estaba a oscuras. Alarmado, farfulló en voz baja un par de reniegos y se dispuso a escudriñar los aposentos para encontrarla.
Subiendo los peldaños de la escalera de caracol con apremio para dirigirse al dormitorio, notó una presencia en su nuca. Se giró, sobresaltado, y detectó los ojos refulgentes de Marta, que lo observaba con jactancia.
-Hola –era lo único que se sentía capaz de decir en aquellos momentos. Estaba acongojado. Ella era una mujer sagaz y solía dominar las situaciones.
-Tienes una mancha en la camisa –su voz era melodiosa, pero transmitía un deje de argucia y perfidia.
-Ah, sí, es agua –fue lo primero que se le ocurrió decir.
-Sé que es sangre. El agua no se distingue tanto en los tejidos.
Azorado, trató de contestar algo razonable, pero su mente se quedó en blanco. Maldijo por lo bajo.
-Vale, sí. Ha sido el gato de la vecina, que con sus condenadas zarpas me ha arañado el pecho.
-No te lo crees ni tú –su semblante se tornó más serio, y perdió el cachondeo-. ¿Qué has estado haciendo esta noche?
-Ah… yo…
-Dímelo –sentenció, concisa, posando su mirada imponente en él-. Y sé sincero.
-Vas a odiarme –ratificó, a punto de abandonarse a la resignación.
-He leído tus escritos –cambió de tema-. En todos ellos… demuestras placer ante escenas macabras y lúgubres. Como que te deleitas con la sangre.
-Son solo escritos. No tienen por qué estar relacionados con mis sensaciones reales.
-Eso mismo pensé yo la primera vez. Pero tu actitud es extraña. Estás muy retraído últimamente. Y las películas que ves, los libros que lees… -atenuó su voz, como si de lo contrario fuera a despertar a alguien- Parece que estás introduciéndote en este mundo, ¿me equivoco?
Quería negárselo todo, aniquilar cualquier sospecha, pero era imposible mentirle. Su mirada era penetrante, mordaz.
-No te equivocas.
Marta se quedó en silencio. Le observó por última vez y bajó las escaleras sin decir nada. Él, perplejo y a la vez alterado, corrió detrás de ella, tratando de persuadirla como fuese. Pero ella también empezó a avanzar más rápidamente, sin mirar atrás, y se adentró en el pasillo. Su marido todavía la seguía, atemorizado y turbado, y aceleró cuando vio que ésta abría la puerta y se largaba.

La mañana siguiente, después de una noche desazonada y sin haber dormido, él seguía a la expectativa, ansioso. Posaba su mirada en el reloj de la pared, que marcaba las seis y cuarto, cuando la puerta se abrió. Desadormeciéndose, librándose del letargo, se levantó de un salto y vio llegar a Marta.
-¿Estás bien? –le preguntó, acercándose a ella y tratando de envolverla con sus brazos, con el objetivo de ampararla, estrecharla en un cálido achuchón protector.
Pero Marta se zafó de él. Se apoyó en la pared, cerca de las escaleras, y posó la mirada en su marido, pero cuando este le devolvió la ojeada, apartó los ojos e inclinó la cabeza hacia un lado, ruborizada.

-Y… ¿yo puedo participar en eso que haces?

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada