¿Por qué lo queremos
todo y al mismo tiempo? ¿Qué bicho interno tenemos metido que nos pica por
codiciar el mundo cuando podemos compartirlo?
Nosotros mismos nos
destruimos con nuestra propia ponzoña. Condenados a amar lo inerte, lo desalmado
y a ser amados por lo que realmente vale la pena sin opción de corresponderle.
Vamos perdiendo el
significado de los recuerdos, pasan a ser niebla y fantasmas con tartamudez incorporada.
Vivimos en un mundo
donde el billete vale más que la lágrima.
Donde la moneda vale
más que la naturaleza.
Donde los fajos verdes
importan más que nuestra propia dignidad.
Estamos entre la nada
y el todo, y, para el pesar de muchos, escogemos la nada sin dilación.
¿Qué podemos esperar
de un sitio que nos ofrece una estrella y le disparemos para que nos dé toda
una constelación? ¿Hasta qué punto podemos llegar para llenar lo que no se
puede llenar?
¿Por qué nos cuesta
tanto querernos? Me refiero a nosotros mismos.
A aceptar tal y como
somos, a reconocer nuestra valía.
No somos una etiqueta,
lo cual es lo que quiere que pensemos ésta loca sociedad.
Somos nuestra forma de
querer, nuestra forma de pensar.
¿No estáis cansados de
odiaros por ser como sois?
¿Cansados de que te
digan que no vales nada?
Lo más desastroso y
ruin de este embrollo sin salida fácil es que acabamos por creérnoslo.
Y además intentamos
llenar ese vacío de personalidad con dolor. Dolor ajeno que causa la misma
problemática en otros.
Estamos entre la nada
y el todo y seguimos prefiriendo la nada, cuando el todo está a sólo un paso de
nuestro entendimiento.
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