diumenge, 31 de maig del 2015

Frío (octavo)

8. (29 de noviembre del año presente)

Esa noche no era fría. Más bien una humedad algo densa envolvía a cualquiera que estuviera  expuesto a ella y les daba una sensación de clima tropical.
Katerina paseaba sin descanso de un lado al otro de la estancia, con los nervios a flor de piel. Siempre se ponía así cuando se involucraba la policía en uno de sus casos. Solían seguir este orden: la gente les contrataba porque la policía dejaba sus casos en segunda fila y les decían que seguirían con la investigación, pero no era exactamente lo que pasaba. A Zubel Nieblas le había pasado eso, y esa era su razón por la que acudió a ellos. Después, cuando ellos avanzaban con el caso y comenzaba a ser de más peso, entonces sí se presentaban para encargarse ellos.
Tenían un sospechoso. Un sospechoso que seguramente era el culpable.
Todo fue gracias a ese centrito de collar que encontraron en la víctima. Habían ido a su casa, como con todos los otros compañeros de guerra del señor Mauricio, pero este se había medio delatado él solito. Como por arte de magia llevaba el colgante roto, exactamente como debería estar para pertenecer a la parte que tenían ellos.
Después de registrar la casa, habían encontrado el arma del crimen, la cual era una cuerda rígida con la que había sido estrangulado el pobre hombre.
Como si todo eso fuera poco, habían mandado a analizar las muestras de ADN que, seguramente, coincidían con el presunto asesino.
Parecía que todo se había acabado.
Zubel Nieblas estaba sentada en la salita de espera, deseosa de escuchar buenas nuevas sobre la captura del culpable. Esos días había medio vivido allí: parecía que su única fijación en esos momentos era atrapar responsable del fin de su felicidad. La entendía perfectamente, pues ella había vivido algo similar. Pobre mujer.
Lo mejor de todo es que el sospechoso no se había enterado de la gravedad de su momento: le estaban acusando de asesinato.
Todo estaba preparado para el interrogatorio. Ya que tenían todos los derechos en orden y habían sido ellos quienes lo habían encontrado, harían ellos el interrogatorio pero con presencia policial. Qué se le iba a hacer.
-¿Estás nerviosa?-el detective Castillo también pululaba por allí ordenando papeles y silbando.
-Sabes que siempre lo estoy.
-Eres la mejor en lo tuyo, así que todo va a salir muy bien, ya verás.
Siguieron hablando hasta que llegó la hora. Todo estaba listo.
Entraron a la estancia con el carácter necesario y se sentaron delante del presunto culpable. Éste estaba algo cabizbajo y parecía desorientado. Tenía una pequeña cicatriz en la mejilla izquierda, pero dejando eso a un lado tenía unas facciones bastante agradables. Les miró algo desconcertado.
-Julio García Díaz, treinta años, soltero. ¿Correcto?
El hombre se aclaró la garganta sonoramente antes de hablar.
-Correcto. Llámeme Jules, por favor.
-Optaré por llamarle señor García, si le parece bien.
Katerina le escrutó la cara a Julio con algo de curiosidad. Fingió leer algo en los papeles que tenía delante, como solía hacer cuando interrogaba a alguien.
-Bien. ¿De qué conocía a Mauricio Del Pozo?
-¿Me van a preguntar otra vez las mismas preguntas que en mi casa?
-Usted limítese a responder a mis preguntas, por favor.
Julio suspiró, poniéndose nervioso. Cerró los ojos para luego abrirlos algo más calmado.
-Como ya debe saber, le conocí cuando era solo un crío. Éramos amigos desde que tengo memoria, y nos alistamos juntos al ejército. Fuimos compañeros durante año y medio. Luego nos relevaron a los dos y a toda nuestra camarilla cuando sufrimos un accidente con una bomba y quedamos inservibles para poder luchar.
<<Éramos muy buenos compañeros. En ese infierno tienes que hacer amigos, ¿sabe? Él, Armando, Calderón, Manzanares y yo siempre íbamos arriba y abajo juntos, riendo y llorando cuando la ocasión se daba para cada caso. Perdimos a Rodriguez, pero eso nos unió aún más. Al llegar a casa prometimos juntarnos cada poco para recordar batallitas e ir a ver a Rodri al cementerio. Teníamos una reunión el mes que viene, ¿y qué pasó? Se presentan ustedes en mi casa, diciéndome que Mauricio ha muerto y preguntándome cosas como si fuera cosa mía.
<<De eso conozco a Mauricio del Pozo.
Se pausó y observó la reacción de sus interlocutores. Ricardo y Katerina se miraron momentáneamente y la chica volvió a la carga.
-A todos los de su camarilla les entregaron un colgante con las letras GS, ¿verdad?
-Exactamente. Gracias por su Servicio.
-¿Nos puede enseñar el suyo?
Confuso, Julio se rebuscó algo debajo de su camisa y se retiró el colgante de su cuello. Lo aproximó a los detectives. Era una cadena con un centrito roto, sólo conservaba la parte que se engancha a la cadena, la otra parte era inexistente. Katerina sacó algo de su bolsillo con mucha delicadeza. Lo colocó encima de la mesa. Era el trozo de colgante que habían encontrado en la víctima. Encajó perfectamente con el de Julio. Éste, totalmente asombrado abrió la boca para decir algo pero no consiguió decir nada. Señaló el objeto como si estuviera acusándolo de traicionarle y se llevó las manos a la cabeza.
-¿Pero de dónde…?
-Encontramos esto en la víctima, señor García. ¿Puede explicarlo?
-Yo…Yo no…-balbuceó-Esperad, un momento. No sé cómo llegó eso a las manos de Mauricio. Hace unos días me desperté y estaba roto. No me lo quité porque por muy roto que estuviera yo nunca me quitaría mi recuerdo del tiempo con mis amigos. Es un honor llevarlo puesto. Busqué como loco la parte rota pero no conseguí encontrarla…
Katerina sonrió.
-Claro, señor García.
-¡Pero…! ¡Un momento! ¿Usted cree que si se me hubiera roto mientras mataba a Mauricio no habría retirado el trozo roto? ¡He estado en la guerra, por favor!
-Un gran descuido por su parte, si me permite decirlo.
Julio carcajeó, nervioso. Parecía haber enloquecido.
-Entonces por favor, explíquenme mi motivo para matar a Mauricio Del Pozo.
-Creo que usted se lo sabe perfectamente.
-La verdad es que no.
Katerina entrelazó sus dedos y fijó su mirada en la del presunto culpable.
-¿Qué pasó, Julio? ¿Pasó algo durante tu servicio que no nos has contado? O mejor, la versión que me gusta más a mí, ¿te robó a Zubel Nieblas?
En ese momento la actitud de Julio García cambió por completo. Al escuchar ese nombre su expresión se crispó y sus ojos adquirieron algo que parecía un miedo aterrador. Su tez palideció tanto que parecía un enfermo terminal.
-¿Qué…? ¿Zubel?
-Sabemos perfectamente que fueron amigos íntimos en su adolescencia, señor García. No pierda tiempo negando hechos. Zubel, con un gran pesar, nos contó que usted le declaró su amor pero éste no fue correspondido y aún con el empeño de ella de seguir su relación se separó de ella para siempre. ¿Después de tanto tiempo, seguía enamorado? ¿No pudo soportar que un amigo suyo se fuera a casar con el amor de su vida?
Hizo una pausa para que Julio pudiera contra argumentar, pero éste simplemente fijó la mirada en la mesa y empezó a acariciarse el brazo.
-Yo creo que el señor Del Pozo le presentó a Zubel después de llegar a casa y les invitó a la boda, y así fue como te enteraste. ¿Lo planeaste todo, verdad?
Julio seguía escrutando la mesa, inmerso en sus pensamientos. Parecía que le hubieran dicho que tenía cáncer y que se iba a morir en dos semanas.
-Zubel… Zubel Nieblas era la prometida de Mauricio… Zubel está metido en esto…-empezó a murmurar para sí mismo.
-¿Espera que me crea que su amigo Mauricio no le hablara de Zubel antes de morir? La conoció antes de ir a la guerra. ¿Piensa decir algo más?-exclamó Katernia.
Silencio.
La chica decidió atacar con la estrategia comprensiva.
-Mire, señor García… Hemos encontrado el arma del crimen en su casa y una prueba bastante delatadora, el colgante. Además no tiene una coartada comprobable para la hora del crimen. Para rematar, en breves nos llegarán los resultados del ADN. Sé que no se esperaba todo esto, pero ha sido un poco descuidado. Parece que quisiera que le pillaran.
<<Tiene dos opciones. O confesar ahora, o pasar por juicios que no le servirán de nada. Hasta podríamos hacer algún buen trato si se decanta por la primera opción. Usted decide.
-Sabía que este día llegaría. Esperaba que llegara más tarde. Era previsible-dejó ir una risita que rozaba la locura-encima éste me lo leyó… Ha utilizado uno de sus escritos antiguos la muy…Enferma.
-¿Se puede saber de qué y con quién está hablando, señor García?
Los dos detectives estaban algo desorientados con los últimos dejes de locura que estaba diciendo Julio. Éste, como volviendo al presente, puso las dos manos sobre la mesa y sonrió.
-Está bien, usted gana. Confesaré si me ofrece un buen trato.
Katerina abrió ligeramente la boca, totalmente pasmada. Nunca antes alguien se había ofrecido a confesar de una manera tan rápida y directa. Ahora hasta dudaba de todo el asunto.
-¿Está seguro, señor García?
El detective Castillo la miró con algo de enfado y se levantó.
-Bien, creo que esto ha sido todo. Lo llevaremos al calabozo y concertaremos una cita con su abogado para hablar de tratos y confesiones. Por favor, agente-se dirigió al policía que estaba en la esquina observando la escena desde un buen principio-llévese al señor García.
El policía le colocó unas manillas al ahora bastante ido Julio y se lo llevó de la estancia.
-¿A qué ha venido eso último, Kat? ¿No ves que ha sido él quien quería confesar?
-Por eso mismo, Ricardo. No me cuadra. Ha sido demasiado fácil. Además estaba totalmente diferente antes de escuchar el nombre dela señorita Nieblas, pero al escucharlo…
-¿No lo ves? Está obsesionado con ella. Seguramente al escuchar su nombre su mente de demente ha desencadenado alguna reacción extraña y ha querido confesar. Está loco.
Katerina se llevó una mano a su frente, confusa.
-Sí, seguramente tengas razón. ¿Vamos a tomar un café? Estoy algo espesa.
-Vamos, te lo has ganado a pulso.

Julio García observó cada parte de ese sitio que le había condenado para siempre. Al saber que Zubel estaba metida en todo eso, supo con total certeza que intentar defender su inocencia era una pérdida de tiempo. Hasta había conquistado a Mauricio años antes de su muerte. No, esto no era un simple montaje: llevaba años tramando esto.  Ahora sólo le quedaba intentar negociar un buen trato a cambio de menos tiempo entre rejas, ya que no se libraba de ninguna de las maneras. Maldijo el día que decidió ir a ese odioso parque y se topó con esa niña torpe y divertida que había acabado por ser un monstruo.

Vio una mujer sentada en la entrada, de espaldas a él. De sopetón, giró la cabeza y la reconoció al momento: su mayor pesadilla. Ésta le dedicó una cara de tristeza y temor, cómo si tuviera miedo de él. Qué teatrera que podía llegar a ser.
Ya con el agente de espaldas, giró la cabeza para mirarla una vez más antes de salir de ese sitio. Zubel Nieblas le dedicó su sonrisa más tierna con un deje de triunfo. Le guiñó el ojo derecho y, después de parpadear cuatro veces seguidas, le envió un beso con la mano.


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