8. (29 de noviembre
del año presente)
Esa noche no era fría.
Más bien una humedad algo densa envolvía a cualquiera que estuviera expuesto a ella y les daba una sensación de
clima tropical.
Katerina paseaba sin
descanso de un lado al otro de la estancia, con los nervios a flor de piel.
Siempre se ponía así cuando se involucraba la policía en uno de sus casos.
Solían seguir este orden: la gente les contrataba porque la policía dejaba sus
casos en segunda fila y les decían que seguirían con la investigación, pero no
era exactamente lo que pasaba. A Zubel Nieblas le había pasado eso, y esa era
su razón por la que acudió a ellos. Después, cuando ellos avanzaban con el caso
y comenzaba a ser de más peso, entonces sí se presentaban para encargarse
ellos.
Tenían un sospechoso.
Un sospechoso que seguramente era el culpable.
Todo fue gracias a ese
centrito de collar que encontraron en la víctima. Habían ido a su casa, como
con todos los otros compañeros de guerra del señor Mauricio, pero este se había
medio delatado él solito. Como por arte de magia llevaba el colgante roto,
exactamente como debería estar para pertenecer a la parte que tenían ellos.
Después de registrar
la casa, habían encontrado el arma del crimen, la cual era una cuerda rígida
con la que había sido estrangulado el pobre hombre.
Como si todo eso fuera
poco, habían mandado a analizar las muestras de ADN que, seguramente,
coincidían con el presunto asesino.
Parecía que todo se
había acabado.
Zubel Nieblas estaba
sentada en la salita de espera, deseosa de escuchar buenas nuevas sobre la
captura del culpable. Esos días había medio vivido allí: parecía que su única
fijación en esos momentos era atrapar responsable del fin de su felicidad. La
entendía perfectamente, pues ella había vivido algo similar. Pobre mujer.
Lo mejor de todo es
que el sospechoso no se había enterado de la gravedad de su momento: le estaban
acusando de asesinato.
Todo estaba preparado
para el interrogatorio. Ya que tenían todos los derechos en orden y habían sido
ellos quienes lo habían encontrado, harían ellos el interrogatorio pero con
presencia policial. Qué se le iba a hacer.
-¿Estás nerviosa?-el
detective Castillo también pululaba por allí ordenando papeles y silbando.
-Sabes que siempre lo
estoy.
-Eres la mejor en lo
tuyo, así que todo va a salir muy bien, ya verás.
Siguieron hablando
hasta que llegó la hora. Todo estaba listo.
Entraron a la estancia
con el carácter necesario y se sentaron delante del presunto culpable. Éste
estaba algo cabizbajo y parecía desorientado. Tenía una pequeña cicatriz en la
mejilla izquierda, pero dejando eso a un lado tenía unas facciones bastante
agradables. Les miró algo desconcertado.
-Julio García Díaz,
treinta años, soltero. ¿Correcto?
El hombre se aclaró la
garganta sonoramente antes de hablar.
-Correcto. Llámeme
Jules, por favor.
-Optaré por llamarle
señor García, si le parece bien.
Katerina le escrutó la
cara a Julio con algo de curiosidad. Fingió leer algo en los papeles que tenía
delante, como solía hacer cuando interrogaba a alguien.
-Bien. ¿De qué conocía
a Mauricio Del Pozo?
-¿Me van a preguntar
otra vez las mismas preguntas que en mi casa?
-Usted limítese a
responder a mis preguntas, por favor.
Julio suspiró,
poniéndose nervioso. Cerró los ojos para luego abrirlos algo más calmado.
-Como ya debe saber,
le conocí cuando era solo un crío. Éramos amigos desde que tengo memoria, y nos
alistamos juntos al ejército. Fuimos compañeros durante año y medio. Luego nos
relevaron a los dos y a toda nuestra camarilla cuando sufrimos un accidente con
una bomba y quedamos inservibles para poder luchar.
<<Éramos muy
buenos compañeros. En ese infierno tienes que hacer amigos, ¿sabe? Él, Armando,
Calderón, Manzanares y yo siempre íbamos arriba y abajo juntos, riendo y
llorando cuando la ocasión se daba para cada caso. Perdimos a Rodriguez, pero
eso nos unió aún más. Al llegar a casa prometimos juntarnos cada poco para
recordar batallitas e ir a ver a Rodri al cementerio. Teníamos una reunión el
mes que viene, ¿y qué pasó? Se presentan ustedes en mi casa, diciéndome que
Mauricio ha muerto y preguntándome cosas como si fuera cosa mía.
<<De eso conozco
a Mauricio del Pozo.
Se pausó y observó la
reacción de sus interlocutores. Ricardo y Katerina se miraron momentáneamente y
la chica volvió a la carga.
-A todos los de su
camarilla les entregaron un colgante con las letras GS, ¿verdad?
-Exactamente. Gracias
por su Servicio.
-¿Nos puede enseñar el
suyo?
Confuso, Julio se
rebuscó algo debajo de su camisa y se retiró el colgante de su cuello. Lo
aproximó a los detectives. Era una cadena con un centrito roto, sólo conservaba
la parte que se engancha a la cadena, la otra parte era inexistente. Katerina
sacó algo de su bolsillo con mucha delicadeza. Lo colocó encima de la mesa. Era
el trozo de colgante que habían encontrado en la víctima. Encajó perfectamente
con el de Julio. Éste, totalmente asombrado abrió la boca para decir algo pero
no consiguió decir nada. Señaló el objeto como si estuviera acusándolo de
traicionarle y se llevó las manos a la cabeza.
-¿Pero de dónde…?
-Encontramos esto en
la víctima, señor García. ¿Puede explicarlo?
-Yo…Yo
no…-balbuceó-Esperad, un momento. No sé cómo llegó eso a las manos de Mauricio.
Hace unos días me desperté y estaba roto. No me lo quité porque por muy roto
que estuviera yo nunca me quitaría mi recuerdo del tiempo con mis amigos. Es un
honor llevarlo puesto. Busqué como loco la parte rota pero no conseguí
encontrarla…
Katerina sonrió.
-Claro, señor García.
-¡Pero…! ¡Un momento!
¿Usted cree que si se me hubiera roto mientras mataba a Mauricio no habría
retirado el trozo roto? ¡He estado en la guerra, por favor!
-Un gran descuido por
su parte, si me permite decirlo.
Julio carcajeó,
nervioso. Parecía haber enloquecido.
-Entonces por favor,
explíquenme mi motivo para matar a Mauricio Del Pozo.
-Creo que usted se lo
sabe perfectamente.
-La verdad es que no.
Katerina entrelazó sus
dedos y fijó su mirada en la del presunto culpable.
-¿Qué pasó, Julio?
¿Pasó algo durante tu servicio que no nos has contado? O mejor, la versión que
me gusta más a mí, ¿te robó a Zubel Nieblas?
En ese momento la
actitud de Julio García cambió por completo. Al escuchar ese nombre su
expresión se crispó y sus ojos adquirieron algo que parecía un miedo aterrador.
Su tez palideció tanto que parecía un enfermo terminal.
-¿Qué…? ¿Zubel?
-Sabemos perfectamente
que fueron amigos íntimos en su adolescencia, señor García. No pierda tiempo
negando hechos. Zubel, con un gran pesar, nos contó que usted le declaró su
amor pero éste no fue correspondido y aún con el empeño de ella de seguir su
relación se separó de ella para siempre. ¿Después de tanto tiempo, seguía
enamorado? ¿No pudo soportar que un amigo suyo se fuera a casar con el amor de
su vida?
Hizo una pausa para
que Julio pudiera contra argumentar, pero éste simplemente fijó la mirada en la
mesa y empezó a acariciarse el brazo.
-Yo creo que el señor
Del Pozo le presentó a Zubel después de llegar a casa y les invitó a la boda, y
así fue como te enteraste. ¿Lo planeaste todo, verdad?
Julio seguía
escrutando la mesa, inmerso en sus pensamientos. Parecía que le hubieran dicho
que tenía cáncer y que se iba a morir en dos semanas.
-Zubel… Zubel Nieblas
era la prometida de Mauricio… Zubel está metido en esto…-empezó a murmurar para
sí mismo.
-¿Espera que me crea
que su amigo Mauricio no le hablara de Zubel antes de morir? La conoció antes
de ir a la guerra. ¿Piensa decir algo más?-exclamó Katernia.
Silencio.
La chica decidió
atacar con la estrategia comprensiva.
-Mire, señor García…
Hemos encontrado el arma del crimen en su casa y una prueba bastante
delatadora, el colgante. Además no tiene una coartada comprobable para la hora
del crimen. Para rematar, en breves nos llegarán los resultados del ADN. Sé que
no se esperaba todo esto, pero ha sido un poco descuidado. Parece que quisiera
que le pillaran.
<<Tiene dos
opciones. O confesar ahora, o pasar por juicios que no le servirán de nada.
Hasta podríamos hacer algún buen trato si se decanta por la primera opción.
Usted decide.
-Sabía que este día
llegaría. Esperaba que llegara más tarde. Era previsible-dejó ir una risita que
rozaba la locura-encima éste me lo leyó… Ha utilizado uno de sus escritos
antiguos la muy…Enferma.
-¿Se puede saber de
qué y con quién está hablando, señor García?
Los dos detectives
estaban algo desorientados con los últimos dejes de locura que estaba diciendo
Julio. Éste, como volviendo al presente, puso las dos manos sobre la mesa y
sonrió.
-Está bien, usted
gana. Confesaré si me ofrece un buen trato.
Katerina abrió
ligeramente la boca, totalmente pasmada. Nunca antes alguien se había ofrecido
a confesar de una manera tan rápida y directa. Ahora hasta dudaba de todo el
asunto.
-¿Está seguro, señor
García?
El detective Castillo
la miró con algo de enfado y se levantó.
-Bien, creo que esto
ha sido todo. Lo llevaremos al calabozo y concertaremos una cita con su abogado
para hablar de tratos y confesiones. Por favor, agente-se dirigió al policía
que estaba en la esquina observando la escena desde un buen principio-llévese
al señor García.
El policía le colocó
unas manillas al ahora bastante ido Julio y se lo llevó de la estancia.
-¿A qué ha venido eso
último, Kat? ¿No ves que ha sido él quien quería confesar?
-Por eso mismo,
Ricardo. No me cuadra. Ha sido demasiado fácil. Además estaba totalmente
diferente antes de escuchar el nombre dela señorita Nieblas, pero al
escucharlo…
-¿No lo ves? Está
obsesionado con ella. Seguramente al escuchar su nombre su mente de demente ha
desencadenado alguna reacción extraña y ha querido confesar. Está loco.
Katerina se llevó una
mano a su frente, confusa.
-Sí, seguramente
tengas razón. ¿Vamos a tomar un café? Estoy algo espesa.
-Vamos, te lo has
ganado a pulso.
Julio García observó
cada parte de ese sitio que le había condenado para siempre. Al saber que Zubel
estaba metida en todo eso, supo con total certeza que intentar defender su
inocencia era una pérdida de tiempo. Hasta había conquistado a Mauricio años
antes de su muerte. No, esto no era un simple montaje: llevaba años tramando
esto. Ahora sólo le quedaba intentar
negociar un buen trato a cambio de menos tiempo entre rejas, ya que no se
libraba de ninguna de las maneras. Maldijo el día que decidió ir a ese odioso
parque y se topó con esa niña torpe y divertida que había acabado por ser un
monstruo.
Vio una mujer sentada
en la entrada, de espaldas a él. De sopetón, giró la cabeza y la reconoció al
momento: su mayor pesadilla. Ésta le dedicó una cara de tristeza y temor, cómo
si tuviera miedo de él. Qué teatrera que podía llegar a ser.
Ya con el agente de
espaldas, giró la cabeza para mirarla una vez más antes de salir de ese sitio.
Zubel Nieblas le dedicó su sonrisa más tierna con un deje de triunfo. Le guiñó
el ojo derecho y, después de parpadear cuatro veces seguidas, le envió un beso
con la mano.
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