Almas quebrantadas.
Alas rotas por su propio vuelo. Piernas cansadas de correr sin estar en ninguna
carrera.
Y yo estoy cansada de
sentirme sola. Cansada de mirar a mi alrededor y ver oscuridad y tinieblas. La
vida está supuestamente para vivirla, no para sufrirla. Debemos padecer pero no
vivir padeciendo.
El dolor pide ser
sentido. Sintámoslo pero racionadamente y cuando toque. No entiendo el sentido
de aguantar lo inaguantable para conseguir más angustia.
¿Qué más opciones
tengo? Nadie me ofrece ninguna puerta por la que salir al exterior y respirar.
El oxígeno es limitado y en esta sala hace tiempo que no queda.
Seguramente soy
cobarde. Seguramente soy desagradecida. Hay gente que me quiere.
El problema es que
tengo un hueco donde debería haber un corazón y una máquina oxidada donde
debería haber un cerebro.
El único lago en el
que me puedo bañar es en el de mis lágrimas. Saladas, mortales, envenenadas en
llantos interminables.
Me gustaría ser un
pájaro para que algún día mis dueños decidieran abrir la jaula y dejarme en
libertad.
El problema es que no
soy un pájaro, y esa es mi dura realidad.
“Tienes toda la vida
por delante”. Pues si tengo por delante toda una vida así, os la podéis quedar.
Porque yo me voy. No
soy un vaso que está a punto de desbordarse; soy un vaso desbordado que cayó y
se rompió con un estruendo demasiado flojo para que nadie se preocupara en
recoger los trozos rotos.
Quise extender las
alas y me las cortaron antes de agitarlas.
Cojo las pastillas y
las acerco a mi pecho. Noto el sabor salado de mi llanto en mi boca y siento
una mezcla de melancolía y desorientación que me llevan a cerrar los ojos.
Una, dos, veinte. El
agua me ayuda a tragarlas de sopetón. La duda podría ser mi perdición.
Entre lloros y
sollozos me hundo entre sábanas blancas que me absorben.
Dejo entrar al último
sueño; ese tierno y dulce sueño que será eterno.
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